Gastronomía Poblana

Desde el principio de la historia de México, Puebla ha sido la única vía para ir de la capital del país hacia la costa del Golfo. Los hombres de los grandes emperadores recorrieron estas zonas en busca de conquistas para aumentar su poder político, cultural y económico. Descubrieron los elementos más diversificados en un lugar con una amplia gama de climas y agrupaciones culturales.

La imaginería de la cocina, surgida durante la época colonial, se suma a la vasta gama de platos originarios de esa región, en la que es visible el arte gastronómico de los antiguos pueblos mexicanos.


De este modo, surgió la cocina típica de este lugar, combinada con sus tradiciones y costumbres; además de añadir diferentes artículos de madera y barro, así como la elegante vajilla de Talavera que terminan adornando cualquier platillo típico de la región. La ciudad parece haber sido tocada por los mismos arcángeles, quienes otorgaron sabores y colores únicos a través de su poder y bendición.

Por eso, cuando la fortuna lo transporta al lugar donde colisiona la magia gastronómica de Puebla y se degusta el sabor de sus exquisitos antojitos, tales como chalupas, pellizcadas, esquites, picadas, quesadillas, tamales, tacos, tlacoyos, tostadas, totopos, chilaquiles, enfrijoladas, garnachas, gorditas, memelas, mole de olla, huaxmole,  cemitas, budín de elote con rajas, molotes, flautas, enchiladas, ponteduros, pozole, elotes asados o cocidos, atoles, frituras y hojuelas, todos ellos teniendo como base el maíz, se confirma que efectivamente se trata de un menú envidiable en cualquier parte del mundo. Si se añaden los chiles rellenos, los majestuosos chiles de temporada en nogada, el mole poblano de convento y los famosos camotes poblanos, así como unos churros de azúcar, no se puede dejar de reconocer que en México y en el mundo entero, cuando se habla de comida mexicana es sinónimo de comida poblana.


La comida no es sólo un aspecto único de esta ciudad colonial, que, potenciada y maridada con su arquitectura, aporta a su lista de virtudes bebidas tan emblemáticas como el rompope, el agua de limón sevillano, la acostumbrada pasita para desequilibrar un poco la balanza y la exquisita sidra de manzana.

Todo lo anterior, junto con la diversidad arquitectónica de sus iglesias, edificios y museos, así como la amabilidad de su gente y el telón de fondo de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, hacen de esta ciudad una región digna de ser designada como Patrimonio de la Humanidad.